Posteado por: luzin en: Agosto 31, 2008
Como sucede cada tanto, la educación se ha aproximado al centro de la atención pública. En realidad, regresan los signos que denotan su crisis: violencia en las aulas, enfrentamiento de padres con docentes, demandas de “democratización” de la vida escolar, reclamos salariales.
Todas esas cuestiones son sólo las consecuencias visibles de un problema profundo: la falta de relevancia social de la tarea que llevan a cabo las instituciones dedicadas a lo que, hasta hace poco, se denominaba “educación formal”.
Esto se debe, esencialmente, a que la sociedad actual está convencida de que para educar a un niño o a un joven basta con exponerlo a la realidad que lo circunda, ya que allí se encuentra lo valioso.
En otras palabras, la otrora “educación informal” ha pasado a ocupar el lugar central mientras que la institución escolar está quedando restringida a certificar la educación, independientemente de que esta se haya o no recibido. Una especie de oficina emisora de constancias.
El problema se genera cuando padres y jóvenes advierten que, en un desesperado intento por sobrevivir, la escuela -entendiendo por tal a todos los niveles educativos- pretende que el alumno aprenda algo a cambio de esa certificación.
Y es a eso a lo que, en el fondo, nos resistimos.
En primer lugar porque se está generalizando la concepción de que lo que se enseña en la escuela “no sirve”.
¿Para qué “sirve” aprender a manejar la propia lengua si quienes hablan en torno nuestro ya no son capaces de construir frases completas?
¿Cuál es la “utilidad” de desarrollar la capacidad de abstracción, que favorece el aprendizaje de la matemática, si nos rodea un mundo concreto, ya dado?
Parecería que no se comprende que esa realidad ha surgido, precisamente, de la capacidad de reflexión del ser humano, que es la que debería desarrollar la escuela.
Lo que subyace es un desprecio por la actividad intelectual que va convirtiendo a la escuela en una suerte de pasatiempo, una sucursal más del mundo del espectáculo en el que vivimos inmersos.
Al estar debilitándose la capacidad de concentración del ser humano, es preciso recurrir a cualquier artilugio para mantener la atención de los jóvenes espectadores.
Porque en realidad, el problema es que nos estamos quedando sin alumnos, sin personas deseosas de encarar el esfuerzo que supone aprender, de “escuchar” al maestro.
El entretenimiento “light” del cliente-espectador reemplaza al trabajo riguroso y metódico que implica el aprendizaje del alumno.
Este comportamiento esconde una abierta resistencia al aprendizaje de normas, proceso central en la enseñanza. Para manejar la lengua es preciso aceptar reglas y también las requiere la matemática. Lógicamente sigue siendo necesario que el docente sea capaz de entusiasmar al alumno con el conocimiento, de interesarlo en él y de guiarlo en su tarea de aprender.
Pero para despertar ese entusiasmo es preciso que conozca a fondo lo que enseña y sienta pasión por eso que sabe. Cuando enseñar se convierte en una tarea rutinaria o se centra exclusivamente en la metodología docente, se pierde la oportunidad de enseñar algo.
Enseñar algo. De eso se trata ya que se está generalizando la concepción de que la facilidad con la que hoy se obtiene información, vuelve inútil el hacerlo. Se sostiene que bastará con acceder a las bases de datos informáticas cuando resulte necesario.
Parece olvidarse que depósitos de datos hubo siempre (antes estaban los libros) pero que lo importante es que las personas cuenten con conocimientos que les permitan pensar independientemente, orientarse en la historia, comprender lo que leen, hacer simples operaciones de abstracción.
Quien opera una computadora no necesariamente es un genio de la informática capaz de crear la máquina que usa, ni siquiera de comprender los principios en los que se basa su funcionamiento.
Otra cuestión que no debe perderse de vista es el individualismo que caracteriza a la sociedad actual. Cualquier intento de enseñar algo a alguien parecería ser una intromisión en la libertad del otro, a quien hay que dejar así, como ya es. Salvaje, sin cultivar, es decir, inculto.
El problema es que, en lugar de que lo hagan la familia y la escuela, ese ser es construido por un aparato mediático que lo ve como un sujeto consumidor al que debe impermeabilizar a toda influencia que no sea la que promueve ese consumo.
Se da la paradoja de afirmar a diario que vivimos en la sociedad del saber y del conocimiento cuando es cada vez mayor la magnitud de la ignorancia de sus integrantes.
Baste mencionar un ejemplo. Cuando se comparan los resultados obtenidos en el estudio internacional PISA por alumnos argentinos de 14 años entre 2000 y 2006, se comprueba que el puntaje promedio en matemática en el año 2000 fue de 388, lo que nos ubicó en el puesto 34º de 41 países y en 2006 fue de 381 (52º de 57 países), ocasión en que el máximo puntaje (548) lo obtuvo Taiwán.
Algo similar sucede en comprensión lectora: en 2000 ocupamos el puesto 35º de 41 países, con 418 puntos, y en 2006, con 374 puntos, estuvimos en el puesto 53º de 57 países, oportunidad en la que los estudiantes de Corea obtuvieron el máximo puntaje (556).
Y así podríamos multiplicar las citas de estudios que coinciden en señalar nuestras deficiencias y, lo que es peor, nuestra decadencia.
Los conflictos que se advierten en la escuela derivan del descrédito social de la institución. La alarmante pérdida de autoridad del maestro deriva del desprecio por su labor, fuente de esa autoridad.
Es preciso volver a mirar con interés a la educación, entendiendo su real importancia para la formación de la persona y no sólo como proveedora de competencias de trabajo -que siguen siendo las mismas de siempre: comprender lo que se lee, poder expresarse, contar con capacidad de abstracción- así como para el progreso social.
En síntesis, es preciso replantear el sentido de la educación escolar. Los padres tienen que decidir si pretenden que sus hijos aprendan algo, para lo que deberán encaminarlos a las aulas en actitud de alumnos. O, por el contrario, si buscan que los entretengan, en cuyo caso bastará con seguir cuestionando a la escuela y victimizar a sus hijos, concibiéndolos como criaturas ya terminadas para quienes la escuela es un sistema opresor.
De la actitud que asumamos en relación con el objetivo de la educación dependerá el destino de cada una de las personas y de la sociedad.
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